Copying Beethoven

Cuando una cadena se convierten en película

Con 10 años navegando por internet he recibido una gran cantidad de cadenas por e-mail, las temas típicos: autoayuda, bromas, sexo y otras muchas con curiosidades sobre personajes famosos, esta es solo una de las variantes que encontré e imagino inspiraron esta película, porque cada quién las altera para forzar la lágrima en quien la lee.

"El 7 de mayo de 1824, Ludwig van Beethoven estrenó su Novena Sinfonía en re menor, más conocida como Coral, en el Teatro de la Corte de Imperial de Viena. Cuentan que al concluir la sinfonía, el teatro puesto en pie estalló en aplausos mientras el compositor, sin entender por qué los músicos habían parado, les increpaba para que siguiesen tocando. Estaba completamente sordo y no había oído que la interpretación había llegado a su fin. Sólo cuando un solista le hizo girarse y volverse hacia el público se dio cuenta de su gran éxito."

Copying Beethoven
 

La película, de ficción, con ese espiritú entre a verla, llena de clichés, tratando de llevar al límite la personalidad de genio excéntrico que tanto gusta y utilizando el personaje de la copista como eslabón para representar burdamente el conflicto entre lo espiritual y lo racional, me decepcionó mucho, eso sí la caracterización de Ed Harris es increíble.

Si siguén inspirándose en este tipo de anécdotas, postulo la próxima: la de Itzhak Perlman aunque de dudosa credibilidad ha sido explotada por miles de páginas de autoayuda

"En Noviembre 18 de 1995, el violinista Itzhak Perlman, subió al escenario para dar un concierto en el salón Avery Fisher del “Lincoln Center” en la ciudad de Nueva York. Si usted alguna vez ha estado en un concierto de Perlman, sabe que subir al escenario no es un logro pequeño para él.

Él fue afligido de polio cuando era niño, tiene abrazaderas en ambas piernas y camina con la ayuda de muletas. Verlo caminar sobre el escenario de un lado al otro, paso a paso, lenta y penosamente, es una escena impresionante. Él camina penosamente pero majestuosamente, hasta que alcanza su silla.

Después se sienta y lentamente pone las muletas sobre el piso, abre los broches de las abrazaderas en sus piernas, recoge un pie y extiende el otro hacia adelante. Después se inclina y recoge el violín, lo pone bajo su barbilla, hace seña al Director y procede a tocar.

Hasta ahora, la audiencia ya estaba acostumbrada a este ritual. Permanecían silenciosamente sentados mientras él caminaba por el escenario hasta su silla. Permanecían respetuosamente en silencio hasta que él estuviera listo para tocar; pero esta vez, algo ocurrió. Justo cuando él terminaba de tocar sus primeras barras, una cuerda de su violín se rompió. Uno podía oír el estallido. Salió disparada como bala por el salón. No había duda de lo que ese sonido significaba. No había duda de lo que él tendría que hacer.

Los que estaban ahí esa noche tal vez pensaron: “Para ésta, él va a tener que ponerse de pie, abrocharse las abrazaderas, recoger las muletas, y cojear hasta a fuera del escenario para encontrar otro violín u otra cuerda.”

Pero no fue así. En su lugar, el esperó un momento, cerró sus ojos y después hizo seña al Director para empezar a tocar. La orquesta empezó y el tocó desde donde había parado. El tocó con tanta pasión, con tanto poder y con una claridad que nunca antes nadie había escuchado.

Claro, cualquiera sabe que es imposible tocar una obra sinfónica con sólo tres cuerdas. Lo sé yo y lo sabe usted, pero esa noche Itzhak Perlman se rehusó a saberlo. Uno podía observar como modulaba, cambiaba y recomponía esa pieza en su cabeza. En una instancia, sonaba como que él estuviera desentonando las cuerdas para obtener sonidos que ellas habían hecho.

Cuando él terminó, había un silencio impresionante en el salón. Después la gente se levantó y lo aclamó. Había una explosión de aplausos desde cada rincón del auditorio. Todos estábamos de pie, gritando y aclamando, haciendo todo lo posible para mostrar cuanto apreciábamos lo que él había hecho.

Él sonrió, se secó el sudor de sus cejas, alzó su arco para callarnos, y después dijo, no presumidamente, pero en un tono tranquilo, pensativo, y reverente: “Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es la de averiguar cuanta música podemos producir con lo que nos queda.”

Que renglón tan poderoso. Se ha quedado en mi mente desde que lo oí. ¿Y quien sabe? Tal vez esa sea la definición de la vida, no sólo para los artistas pero para todos nosotros. He aquí un hombre que se ha preparado por toda su vida para producir música con un violín de cuatro cuerdas, quien, se encuentra de repente en medio de un concierto con solo tres cuerdas; y entonces produce música con tres cuerdas, y la música que él produjo esa noche con sólo tres cuerdas era más bonita y más memorable, que cualquier otra que el haya producido con cuatro cuerdas.

Entonces, tal vez nuestra tarea en este mundo inestable, cambiante y perplejo en el que vivimos es la de producir música, primero con lo que tenemos, y después, cuando esto ya no sea posible, producir música con lo que nos queda.

Jack Riemer
Houston Chronicle
Febrero 10, 2001"

- posted nov 8, 12:45 in